A modo de conclusión
quería partir de lo más básico y a la vez menos evidente: la
función de la filosofía. Ya que el discutir y pensar durante todo
el año sobre temas tan variados por lo menos enriquece y aumenta
nuestra comprensión a nuevos espacios que habíamos pasado por alto.
A menudo pensamos que la
filosofía trata de dar respuestas cuando su verdadera función y
potencialidad es proponer las preguntas. En un principio quizás
nació pretendiendo dar soluciones y resultados pero al destaparse
como actitud humana y por tanto difícilmente objetiva pasó a
proponer preguntas. La importancia de preguntar es inmensurable en
nuestra vida. Muchas veces damos por asumidas conclusiones y hechos
sin llegar a plantearnoslos hasta que en el momento en que se formula
la pregunta nuestro sistema asimilado se tambalea. Desde preguntas
que parecen tan obvias como ¿qué es la música?, ¿qué es la
belleza?... podemos llegar por medio del pensamiento a conclusiones a
priori nada evidentes y que chocan con todo lo que creíamos saber.
Desde nuestra naturaleza humana y nuestro miedo innato al cambio nos
suele costar aceptar estas nuevas reflexiones, sin embargo su
importancia radica en la forma que tienen de ablandar nuestra
tolerancia, afinar nuestro razonamiento y poder ser críticos en todo
momento. La verdadera dificultad radica en que esta crítica
difícilmente tiene fin pues todas las conclusiones están muy
sujetas a indicios y razones humanas. Siempre nos situamos en el
centro y pese a que lo intentemos hay prejucios muy asimilados que
siguen trascendiendo en nuestro mensaje. No obstante, como ya he
comentado, la verdadera importancia no radica en las respuestas que
obtengamos si no en el método. El camino que andamos es más
importante que el final al que nos dirigimos debido a todo lo que
aprendemos en el transcurso.
Vemos aquí necesario, en
nuestra vida más cotidiana, el razonamiento filosófico, no como una
ciencia cristalizada o un conjunto de saberes aceptados sino como una
actitud. La actitud filosófica no sólo nos azuza a pensar más sino
que también sobre más cosas. Damos por hecho un número ingente de
temas que al detenernos y plantearnos simplemente un por qué,
comienzan a tambalearse. El hecho es que esta actitud no debe cesar
pese a que creamos haber encontrado una solución pues ésta es
susceptible de cambiar a medida que nuestra persona se vaya
implementando. Cuando se adquiere una posición crítica el mundo
comienza a temblar y sacude todas nuestras ideas, todo lo que
teníamos fijo, todo el sistema que justificaba nuestras acciones se
va desmoronando y nos deja solos frente a un espejo. La
responsabilidad de nuestras acciones sólo nos pertenece a nosotros y
no podemos justificarlas por medio de convenciones largamente
asumidas. Es cada individuo quien decide sus propios valores o asume
los preestablecidos por otros. La actitud filosófica, si bien nos
deja al desnudo delante del mundo y al mundo delante de nosotros
también nos muestra que es la propia persona la que tiene las
riendas de su vida.

