miércoles, 25 de enero de 2012

En busca de la comodidad




Uno de los temas básicos en los escritos de Hanslick es la comunicación de los sentimientos. Si bien se admite que la música puede producirlos no los contiene. Ésto es harto evidente. Una persona puede sentir algo a la hora de crear, de reproducir o de escuchar pero, ¿de qué manera una onda o unas grafías podrían contener sentimiento?
Ahora bien, esta obsesión con el sentimiento se da de forma más pronunciada en la música que en otras artes. A casi nadie se le ocurre ver un retrato de Felipe II y pensar qué sentía el autor cuando lo pintó, si no que valorará las técnicas y materiales que emplea para conseguir los diferentes efectos, o tampoco se le ocurre a ninguna persona intentar valorar una novela porque el autor transmita muy bien lo que él siente en el momento que la escribe o por lo que en el propio lector suscita, bueno, al menos nadie que sepa de literatura, pues contemplarán el vocabulario y los diferentes recursos prosaicos utilizados por el escritor para controlar el resultado final. La música no es distinta, solo nuestra concepción de ella.
Nuestro abuso sobre el arte de los sonidos es que lo valoramos por las sensaciones y sentimientos que despierta en nosotros. Craso error. Nos adentramos en el mundo de la subjetividad, de las referencias, de las experiencias, de la memoria. Todo ello conforma nuestro pequeño universo donde incide la música, o desde donde la contemplamos. Podemos sentir, pero no juzgarla desde allí pues entonces el valor de una obra sería inherente a cada individuo, sus experiencia y desconocimientos sobre lo que escucha. En éste caso en que quisiéramos valorar la obra desde un yo, solo podriamos hacerlo desde el "yo-creador-original" pues el que sintió la obra de forma primigenia y le dió forma, tallando en ella todas sus referencias. Ahora bien, puesto que no tenemos la capacidad de convertirnos en otra persona... Es muy fácil hacer música que simpatice con nuestras emociones pero no es nada sencillo hacer buena música.
El sentimiento es aceptable pero no le da valor a una obra. El que la juzga solo por lo que le hace sentir demuestra un desconocimiento del arte que ha decidio observar, no quiere aprender y encima se regodea en su ignorancia.

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